Notas del Editor 05-11-25
Hace 42 años, el 30 de octubre de 1983, los argentinos regresaron a las urnas luego de siete largos años de dictadura. Raúl Alfonsín ganó aquellas elecciones con más del 51% de los votos, y el país respiró. Cuatro décadas de democracia ininterrumpida, un récord que debería llenarnos de orgullo. Sin embargo, los festejos fueron discretos, casi de compromiso. Como si el país que recuperó el derecho a votar hubiese perdido, de a poco, el sentido de para qué. Tal vez porque cada aniversario nos enfrenta a la incómoda certeza de que seguimos esperando que el voto arregle lo que la política descompone.
¿Qué significa esto? Que la pulsión del cambio, del “ya basta”, se transformó en un mandato para quienes prometían romper con las viejas estructuras. Pero también que esas promesas caen muchas veces en las mismas trampas que denunciaban: hegemonia vertical, dispersión de responsabilidades, poder concentrado.
Y así, en este aniversario que debería ser de reflexión profunda sobre derechos, sobre participación, sobre responsabilidad— aparece la paradoja: se celebra la democracia pero se elige a quienes la interpretan como trámite, como aval de una revolución que aún no define su estructura ni su sustancia.
El triunfo de LLA no es sólo una victoria electoral: es una advertencia. Que un espacio emergente, con discurso de ruptura, logre tal peso en distritos clave, dice que la democracia argentina sigue abierta pero no garantiza que esté sana.
Ese triunfo en la mayoría de las provincias —incluida la remontada de más de 14 puntos que le dio la provincia de Buenos Aires— confirma algo que el poder ya intuía: el miedo es todavía el mejor motor electoral. El gobierno logró instalar con éxito la idea de que una derrota oficialista traería de regreso al “populismo de izquierda”, agitando fantasmas de comunismo imposibles de ubicar en el mapa político actual. La estrategia se asemeja mucho a aquel “voto licuadora” del menemismo, cuando muchos eligieron evitar la catástrofe económica votando por quien la estaba fabricando.Así es que buena parte de la clase media, atada a sus deudas en cuotas, votó por miedo a perder la estabilidad artificial que Menem les vendía a 1 peso = 1 dólar. Solo que esta vez, el miedo fue otro: la amenaza del caos, del estatismo, del pasado. La ironía, claro, es que el presente no ofrece mucho más que eso: deuda, ajuste y una economía que se seca mientras los economistas adeptos siguen encendiendo velas a la “confianza de los mercados”.
La diferencia es que hoy, los que fabrican la licuadora también venden los repuestos. No es menor el detalle de lo ocurrido en nuestra Provincia, y es que muchos intendentes opositores -ya con sus bancas deliberantes aseguradas en Septiembre— prefirieron “no militar” la lista nacional, sabiendo que el armado se había decidido más por obediencia que por convicción. El oficialismo ganó la provincia por menos de 25 mil votos; y si sumamos los del peronismo marginal (Gray, Cúneo, Samid) y los de algún outsider mediático como Burlando, suman más de 500 mil, y la ecuación se vuelve todavía más irónica. Pero de eso, el analista “fantasma” del diario local oficialista prefirió no escribir. Quizás esté ocupado tramitando su nuevo despacho.
Los resultados dejan más preguntas que certezas. ¿Qué sentirán aquellos votantes que acompañaron con entusiasmo candidaturas que luego se revelaron apenas “testimoniales”? Porque no hay juramento más efímero que el de quienes prometen representar al pueblo… hasta que los llama el poder central. Lo vimos: los que juraron por Conan y hermanos, los que aseguraron que “asumirían su banca ganada”, se evaporaron al primer chasquido del dedo presidencial. Y ni hablar del pelado-colorado del spot, que hizo del absurdo su bandera, encabezó una lista como si fuera un sketch de Capusotto, y terminó huyendo al primer llamado del sol central.
¿Qué pensarán quienes creyeron que el “orden” llegaría de la mano de los mismos que desataron cada crisis que hoy padecen los jubilados, los discapacitadoss, los médicos, los estudiantes universitarios, y que sólo alcanza con que les pidan "seguir haciendo el esfuerzo"?. Cuando visiten a un jubilado, porque todos conocemos a uno, o incluso lo tenemos en casa. y comprendan que la épica del “ajuste necesario” se traduce, en los hechos, en medicamentos que no llegan, pensiones que no alcanzan y una vida que se acorta, estarán a tiempo de revertirlo?.
Qué secreta esperanza guardarán, todavía, en la promesa de que “el mercado nos salvará a todos”. Que un invisible orden de competencia pura y eficiencia celestial vendrá a poner justicia donde hoy hay miseria. Y, sobre todo, cuánto tardaremos en saber si en realidad votaron al Salvador… o al Verdugo.
Para nuestro pago chico, y según declaraciones ya conocidas del jefe comunal, solo restaría esperar buenas noticias: Si un diputado nacional que apenas sabe dónde queda Pringles —según el mandatario republi-progre-massi-liberto-vecinal— consiguió “varias obras” para este pueblo (?), habrá que imaginar lo que podrá conseguir el flamante Ministro del Interior.
Y ahí es donde conviene volver la vista atrás: Hace apenas unos días se cumplieron 41 años de aquellas elecciones de 1983, las primeras después de la noche más larga que vivió el país. Los que votaron entonces lo hicieron con esperanza, con miedo, con memoria. Hoy, en cambio, muchos votan con bronca, con cansancio o con una fe ciega en falsos mesías que venden humo importado y patria en cuotas.
La democracia ya no peligra por los tanques, sino por los discursos vacíos, por la manipulación emocional, por la banalidad del mal administrativo, por los que prometen libertad mientras hipotecan la dignidad.Quizás todavía no aprendimos a distinguir entre el discurso que promete libertad y el proyecto que solo garantiza obediencia.